Experiencias de vida en una sociedad patriarcal

25 de noviembre de 2014

Las cifras casi siempre nos parecen frías y distantes -aunque escalofriantes- parecieran siempre alejadas de nuestra realidad, “eso le pasa a lxs otras, pero nunca a lxs mixs”. Quizá por eso decidí dedicar una parte de mi tiempo a un activismo más directo, tratando de generar conciencia en los hombres cercanos(1), haciéndoles el tema de la violencia hacia las mujeres algo más “personal”.

He escrito periódicamente -por unos de 5 años- a mi padre, pareja, exparejas, primos, amigos, maestros, compañeros de trabajo y a todos aquellos hombres que sé me aprecian: muchos permanecieron en silencio, otros expresaron indignación, algunos hicieron promesas… Me resulta esperanzador saber que algunos de “mis” hombres han tomado conciencia, que amar a una feminista (¡si, esa palabrota!) como hija, hermana, amiga o amante, ha cambiado sus perspectivas.

Ahora comparto con quien quiera leer, algunas de las razones de nuestra lucha y tres testimonios de mi vida en una sociedad patriarcal, porque la violencia hacia las mujeres es algo público, así que no veo por qué mis experiencias deban permanecer “privadas”.

Infancia: la burbuja que se rompió

La mayoría de las niñas de mi sociedad son criadas con férreos estereotipos y restricciones que las van “amoldando”, cortan o atrofian sus alas y les “enseñan” que una niña no puede: salir, pensar, responder, defenderse, hacer trabajos de hombres, valerse por sí misma… A algunas desde pequeñas las “adiestran” en la cocina y el servicio doméstico, se convierten –al igual que mamá- en las sirvientas de la casa, de papá, los hermanos, los tíos y todos los hombres que las rodean. Muchas también sufren abusos físicos y sexuales.

Les enseñan roles: los hombres a la calle y las mujeres en la casa.

¡Sos niña!, ¿para qué quieres un carrito? Te voy a dar una cocinita y un bebito.

Afortunadamente soy hija de una feminista, crecí sin estereotipos ni prejuicios de género, bastante libre y con una autoestima potenciada. De niña –en Nicaragua, en el exilio- casi todas las familias que nos rodeaban eran “gente nueva”, que trataba de practicar sus principios revolucionarios en casa,crecimos en esa burbuja, pensando que la equidad era “normal”. Mi madre nunca permitió que el contexto patriarcal externo me calara. Pero la burbuja se rompió.

De regreso en Honduras, era inconcebible esa “abominación” que mi madre creaba. Las vacaciones siempre eran “batallas” familiares y a los 11 años aprovecharon unos meses de ausencia materna para intentar “enseñarme a ser mujer”: lavar,planchar, cocinar, ¿servir? Las primeras destrezas son útiles y disfruto mucho cocinar, aun me rehuso a servir a los hombres, lo que no me hace mala anfitriona ni “mala esposa”.

Adolescencia: ¡¡por vestirte así!!

A los 12 fui manoseada por primera vez en la calle –apenas dos cuadras caminé- un completo extraño consideró que mi uniforme de colegiala era “provocativo” y decidió agarrar uno de mis pechos dejando arañazos a su paso… Así fue como me tocó un hombre por primera vez. A los meses otro me rompería la boca de un puñetazo, cuando intenté defenderme de otra manoseada callejera. Las nalgadas eran “cotidianas” y fueron un suplicio de 3 años, mientras estuve en la Escuela Nacional de Ballet y tuve que caminar sola esas dos cuadras en el centro de Tegucigalpa.

El acoso callejero es considerado “normal” en nuestras sociedades, los piropos,las obscenidades, nalgadas e incluso agresiones sexuales, son parte del “cotidiano”de las mujeres en las calles de una sociedad patriarcal. Se estima que al menos la mitad de las mujeres latinoamericanas hemos sufrido alguna forma de violencia en las calles, en países más machistas como el triángulo norte centroamericano o la zona andina, esta cifra puede llegar a 7 de cada 10[1].

“Es que ellas andan provocando con esa ropa” es una de las justificaciones más comunes. Honduras ha llegado a la cúspide con la reciente aprobación en el Congreso Nacional de un “código de vestimenta” que prohibió a las mujeres de este Poder del Estado el uso de minifaldas y escotes.

Joven adulta: ¡No te atrevas a denunciar!

A los 16 un profesor me acoso sexualmente -en la universidad- cuando perdí un examen final por cirugía de mi madre, me propuso hacer otro tipo de “examen” y me planto un beso, me paralicé,no lo podía creer. Al día siguiente fui acompañada por Nora Miselem del Centro de Derechos de Mujeres y mi madre recién operada a interponer la denuncia al Departamento de Matemáticas, el resto del año fui una paria, pues me atreví a denunciar.

Este es otro elemento “cotidiano” en nuestras relaciones de género, la situación de poder y superioridad masculina potencian el acoso: en la escuela,universidad o el trabajo, la mayor parte de las mujeres no denuncian por temor a ser rechazadas, la mayoría de las denunciantes son re-victimizadas en el proceso.

Esta situación se ha querido repetir en ambientes laborales, solo que ahora he crecido y me “tienen cuidado”, desde que en 2004 también denuncie al cerdo que me tomó aquella foto – Indiana Jones de pacotilla- ese que todavía anda tomando fotos con el equipo institucional a las amigas,amantes, compañeras de trabajo y colegialas. Soy “problemática” porque he denunciado y no permito avances, ni siquiera sutiles comentarios.

Afortunadamente no todos son así, guardo mucho respeto y cariño por Pastor Fasquelle y Euraque, los hombres con poder que me dieron una oportunidad de desarrollarme profesionalmente y brillar, sin ellos impulsándome y protegiéndome no hubiese sido posible lograrlo.

Adulta “exitosa”: Si no te acosan, te acusan y te denigran.

A los 25 era la Directora más joven de una instancia del Ministerio de Cultura y andaba en boca de todxs. Porque las mujeres “no tenemos capacidad” y si llegamos a brillar u ocupar puestos “importantes” es porque nos acostamos con el jefe o hemos “escalado horizontalmente”. Mezclan e intentan confundir nuestras vidas sociales-sexuales con las laborales, para ser “profesionales serias” nos quieren obligar a la mojigateria y a la clandestinidad.

Así son nuestras vidas en esta sociedad patriarcal. Tenemos miles de otras razones y podría compartir decenas de testimonios personales, yo he sido «privilegiada» y estoy segura que he sufrido mucho menos que otras.

Hoy 25 de noviembre, día internacional de la no violencia hacia las mujeres me sumo a las voces de denuncia de todas aquellas que hemos sufrido violencia y pido a todos los hombres que leen estas líneas que se sumen a nuestra lucha.

Las mujeres, nosotras, sus hijas, amigas, hermanas, amantes, compañeras, vecinas,sufrimos diariamente en esta sociedad patriarcal. Unámonos en la lucha por acabar con la violencia hacia nosotras.

NO A LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES!!!

 

 

[1] Pontificia Universidad Católica del Perú, encuesta sobre Acoso Sexual Callejero 2013.

(1) Hay muchos hombres en mi vida, también hay hombres de mi vida, los quiero, amo o he amado. Como algunos de estos hombres saben, hace algún tiempo escribo en las fechas conmemorativas de la lucha de las mujeres, en muchas ocasiones las líneas son testimoniales y les hablan de la violencia que enfrentamos en esta sociedad, de la violencia que he enfrentado.

 

 

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